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Estos días Valencia es una nube de pólvora, color, gentes por la calle, visitantes de otros lugares, flores, toros, los primeros contactos con el Sol para al final entregar al fuego todo el esfuerzo de un año el día de la cremá. Son las Fallas, es el despertar de la Primavera, unos días que nos contagian un poco a todos la frescura del buen tiempo que se avecina. Futuras comidas en el campo, vacaciones planeadas que quizás por la coyuntura económica no se puedan llevar a cabo, cercana vuelta al trabajo tras haber superado una prueba de fuego, árboles que empiezan a florecer y que nos darán sus frutos este verano.
Con estas fiestas todo empieza a renacer, como yo, que entiendo la mascletá como una música, con todo lo mágica que es esta, así diseña un pirotécnico su mascletá, como un compositor. Y todos mirando al cielo, olvidando el agobio que se siente al estar tan apretados. Conforme nos acercamos al día 19, festividad de San José, son más fuertes. Ese terremoto de sonido final nos pone los pelos de punta, todo el mundo aplaude y entonces, a buscar un sitio para comer, cosa que se hace imposible en los alrededores. Y a pie a casa porque los medios de transporte no pueden con todos. Las Fallas se visitan andando, impensable coger el coche, imposible aparcar. Por unos días la ciudad es un caos, pero cómo brilla.
Ejemplo de una de las calles, al fondo el Ayuntamiento, desde la Plaza se tira la mascletá y todas las calles adyacentes están repletas de ilusión mirando al cielo.